Hay historias que el fútbol jamás podrá explicar únicamente con resultados. Relatos que desafían la lógica, que cruzan continentes y que convierten a una selección nacional en el símbolo de millones de personas que nacieron a miles de kilómetros de distancia. Porque no todas las pasiones entienden de fronteras. Algunas nacen de un momento, de un gol, de una herida compartida o de un sentimiento capaz de sobrevivir durante décadas. Y eso es precisamente lo que ocurre en un rincón inesperado del planeta que, cada vez que Argentina salta al campo, se paraliza como si la final del mundo se estuviera jugando en la puerta de su casa.
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